Cómo crear vínculos de amistad más profundos en la adultez: entre lo genuino y lo posible
En la infancia y la adolescencia, las amistades surgen con cierta naturalidad. El colegio, el barrio o los espacios compartidos funcionan como terreno fértil para el encuentro. Pero a medida que crecemos, los ritmos cambian, las prioridades también, y muchas veces aparece la sensación de que hacer amigos en la adultez es más difícil… y sobre todo, si pensamos en convertir esas primeras experiencias con el otro, en vínculos más profundos.
Sin embargo, lejos de ser imposible, construir amistades profundas en esta etapa de la vida no es sólo posible, sino necesario para un desarrollo pleno en la vida de un adulto. Como en varios casos en la clínica aparece la pregunta: ¿Está mal que a mis 25 años o 35 años no quiera hacerme de amigos? ¿Está bien que me quede en casa cuando me invitan a salir mis compañeros del trabajo? ¿Qué hago si siento que debería preocuparme por tener nuevos amigos y realmente no me preocupa? . El desafío del adulto frente a lo social aumenta cuando sumamos los nuevos conflictos que esta generación atraviesa: relaciones superficiales, encuentros virtuales y más personas abocadas a interactuar con los mismos códigos que las redes sociales proponen.
Amistades adultas: menos cantidad, más verdad
En el podcast de punto de acuerdo, en la sesión nro. 8 que pueden encontrar en YouTube, profundizamos justamente en que la profundidad de una amistad no es estática, sino que se desarrolla a través de un proceso de introspección, donde el compartir información personal permite abrirse emocionalmente al otro. El ejercicio de la confianza construye y enraiza el vínculo convirtiéndolo en una relación más estable. En la adultez ya no se trata de tener un grupo grande ni de compartir todos los días. Con la vida repartida entre trabajo, familia, estudio, crianza o proyectos personales, el tiempo se vuelve un recurso escaso. Por eso, los vínculos que elegimos suelen estar marcados por la intención y el deseo genuino de conexión. La profundidad no depende de cuánto compartimos, sino de cómo lo hacemos. Una charla cada tanto, si es honesta, puede ser más significativa que una rutina diaria llena de silencios incómodos o evitación emocional.
Conectar sin fórmulas mágicas
No hay una receta para vincularse mejor, pero sí algunas cosas que ayudan:
- Perfil privado vs Perfil público: Es común que cuando interactuamos con personas que todavía no nos sentimos seguros/as, aunque lo conozcamos hace tiempo o compartamos el ámbito laboral, sostengamos con mayor esfuerzo un perfil público que no permita que él otro sepa quienes somos realmente. Por eso, es natural que haya personas que les cueste más interactuar en el ambito social, porque el perfil privado queda reservado para unos pocos, por ende, hace un gran gasto psíquico para que este no aparezca. La frase cliche “sé vos mismo” puede parecer obvia, pero muchas veces caemos en formas de vincularnos desde el personaje público, siendo más desgastaste y menos honesto. Sobre todo, si nos relacionamos desde lo que el otro espera. Es importante buscar esas personas en quienes de apoco podemos mostrar más un perfil privado, en donde, la profundidad nazca y surja lo genuino.
- Hablá de lo que importa. Más allá del intercambio cotidiano, la conexión crece cuando compartimos miedos, dudas, alegrías, contradicciones. Es ahí donde los lazos se vuelven más humanos.
- Sostené el contacto, aunque sea breve. No siempre hay tiempo para largas salidas, pero un mensaje, un audio o una pequeña presencia puede mantener vivo el vínculo.
- Cuidá la reciprocidad. Los vínculos crecen cuando hay ida y vuelta. No se trata de contar los gestos, sino de notar si hay un equilibrio emocional.
- Permitite nuevas amistades. A veces creemos que hacer amigxs en la adultez es raro o incómodo. Pero abrirnos a lo nuevo puede traernos vínculos profundamente reparadores.
Hacer espacio para lo que importa: la creación de un círculo virtuoso
Cuando una persona se habilita a ser vulnerable y comparte su mundo interno, dispone la relación para que el otro también se sienta habilitado a compartir sus propias vivencias. El primer paso para que la profundidad se establezca es la confianza, y este no puede desarrollarse, si en pequeñas cuotas no motrás quien sos. Es importante que al revelar tu personalidad, puedas transmitir transparencia de tus emociones y pensamientos. En la clínica mucho se trabaja sobre la inseguridad que genera sentirse vulnerable. Es importante revisar esta sensación en un espacio terapeutico, sobre todo, si llega a ser un impedimento para mostrarte libremente. La vulnerabilidad es la puerta a conectar, no solo con los demás, sino con uno mismo. Si un vínculo te importa, es clave hacerle lugar. La amistad adulta puede ser un espacio de validación y de pertenencia. No tiene que ser perfecta, ni constante, ni estar libre de conflictos.
La amistad adulta puede ser un espacio de pausa, de validación y de pertenencia. No tiene que ser perfecta, ni constante, ni estar libre de conflictos. Y si sentís que te cuesta, que repetís patrones o que te alejás sin querer, la terapia puede ayudarte a entender qué está pasando y abrirte a vínculos más sanos y reales.
Un lugar para pensar los vínculos en profundidad
Si sentís que estás transitando cambios en tus relaciones o que te cuesta crear o sostener amistades significativas en esta etapa de tu vida, puede ser útil revisar cómo te estás vinculando. En terapia podés explorar patrones, necesidades y miedos que tal vez estén influyendo sin que lo notes. Trabajar en vos también transforma la forma en la que te conectás con los demás.
Empezá tu proceso en Punto de Acuerdo.
Lic. Matías Seitune MP 22646