¿Cómo se vive internamente el estrés desde la neuropsicología?

Introducción: el estrés como modo de vida moderno

“El estrés no es el enemigo; lo peligroso es que se haya vuelto un modo de vida.” Vivimos en una época donde el cansancio se confunde con compromiso y el apuro con productividad. Dormimos poco, comemos rápido y permanecemos en alerta constante. Hemos naturalizado el malestar y, sin darnos cuenta, empezamos a funcionar como si “estar ocupados” fuera una forma de valía.

Una respuesta del cuerpo (y no solo de la mente): la base neurobiológica del estrés

A menudo pensamos en el estrés como algo puramente mental, pero en realidad es una respuesta neurofisiológica.
Todo empieza en el cerebro. Cuando algo nos preocupa o nos parece amenazante, la amígdala —esa pequeña estructura encargada de detectar el peligro— envía una señal al hipotálamo, que actúa como el centro de control del cuerpo.

En segundos, se activa el sistema nervioso simpático y el cuerpo entra en modo supervivencia: el corazón late más rápido, respiramos con más fuerza, los músculos se tensan y la energía se concentra en lo inmediato. Es una respuesta adaptativa diseñada para protegernos.

Cuando la alarma no se apaga: del estrés adaptativo al estrés crónico

El problema surge cuando esa activación no se apaga. Cuando el cuerpo cree que seguimos en peligro todo el tiempo, el sistema permanece en hipervigilancia.

Ahí entra en juego una hormona clave: el cortisol. En pequeñas dosis, nos mantiene alertas y con energía. Pero si el estrés se vuelve crónico, el exceso de cortisol empieza a desgastar profundamente.

Afecta la memoria, la atención, el sueño, el sistema inmunológico e incluso el estado de ánimo. Es como si una alarma interna siguiera sonando aunque ya no haya fuego.

El cuerpo también habla: señales físicas y cognitivas del estrés

El estrés puede mostrarse de muchas formas: cansancio, tensión muscular, dolor de cabeza, dificultad para concentrarse, irritabilidad, ansiedad, problemas digestivos, olvidos, palpitaciones o rumiaciones. Cada persona tiene su propio modo de manifestarlo, y aprender a reconocer esas señales es una forma de autocuidado.

El estrés útil y el que se vuelve costumbre

Hay un tipo de estrés que podríamos llamar “funcional”: aparece ante una demanda puntual —un examen, una exposición, una urgencia— y nos ayuda a responder.

Lo saludable es que, cuando la situación termina, el cuerpo pueda volver a la calma. El desafío llega cuando esa tensión se vuelve un estado permanente, y el descanso ya no alcanza, ahí estamos en presencia de un estrés crónico. 

Vivimos en una cultura que valora la inmediatez, la productividad y la autoexigencia. Nos acostumbramos a vivir con el cuerpo en alerta y la mente acelerada. El estrés se vuelve parte de la identidad: “soy así, ansiosa, intensa, multitasking.”

Pero no se trata de eliminar el estrés —porque forma parte de la vida—, sino de reaprender a vivir sin que la tensión sea nuestro estado base.

Reconocer las señales, respetar los tiempos del cuerpo y habilitar pausas verdaderas no es un lujo: es una forma de salud.

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¿Sentís que vivís en modo automático, con el cuerpo tenso todo el tiempo o con la mente siempre pensando en lo que falta?

Si notás que te cuesta descansar, que te irritás con facilidad o que cualquier cosa parece más difícil de lo normal, puede que estés viviendo con un nivel de estrés que ya dejó de ser adaptativo.

En terapia podés aprender a identificar tus señales de estrés, entender qué las activa y desarrollar estrategias personalizadas para recuperar el equilibrio. No se trata solo de “relajarte”, sino de reentrenar tu cuerpo y tu mente para que puedan responder sin agotarte.

Un acompañamiento profesional puede ayudarte a bajar la exigencia, mejorar el foco y volver a sentir calma en tu día a día.

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Lic. Sofía Gagliardi MP 11269

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